En Old
Trafford se reunían dos grandes equipos, dos viejos amigos de la
Liga de Campeones, uno se tenía que quedar en el camino y dar paso
al otro a los cuartos de final. Tras un sufrimiento gratuito e
innecesario, el Real Madrid, con algo de fortuna sería a la postre
el cuartofinalista.
De
entrada el primer tanto se lo lleva Ferguson, el escoces dejo
en el banquillo Rooney en beneficio de Nani, cambiaba fuerza por
velocidad, toda una declaración de intenciones.
El
resultado de ida, a favor del equipo de casa, marcó el comienzo del
partido. El Madrid salió con la intención de marcar pronto, pero el
United tenía las cosas muy claras: Welbeck sobre Alonso, no lo
dejaba ni a sol ni sombra; el balón para el Madrid, un problema para
el equipo blanco que no sabe atacar en estático con el equipo rival
encerrado; y arriba la velocidad de Van Persie, Nani o el propio
Welbeck dirigidos por el zorro de Giggs se encargarían de buscar la
espalda de la defensa blanca.
Por su
parte el equipo blanco, en ataque, como siempre: Cristiano volcado al
lado izquierdo; Özil por el centro, de enganche y por la derecha Di
María; en punta Higuaín, bordando su papel de «mosca cojonera»
entre los centrales rojos.
En
este escenario el Madrid apretaba, pero apretaba mal. Cristiano, no
estaba cómodo y se venía al centro a buscar balón y posición de
tiro, allí se encuentra con Özil, en su sitio, y con Higuaín,
replegado para evitar el fuera de juego, por allí aparecía a ratos
Di María en busca del balón. Por las bandas no se prodigaban los
laterales; no son precisamente expertos en entrar por ellas, pero es
que en este caso además tienen responsabilidades defensivas por lo
que subían muy poco. Enfrente el Manchester estaba cómodo, en su
escenario previsto, defendía por acumulación en el centro de la
defensa y le daba al Madrid las bandas.
Mourinho
tuvo una ocasión de corregir esta situación con la lesión de Di
María pero la desperdició sacando a Kaká, demostrando ese empeño
inútil en entrar por el centro, Callejón de extremo derecho,
subiendo hasta la línea de fondo, habría hecho más daño.
El
Manchester, en cuanto tenía oportunidad se iba como un rayo a la
portería blanca, pero en el camino se encontraba con un portento
defensivo; Raphael Varane, que una y otra vez abortaba todas las
escapadas británicas hasta convertirse en el hombre más importante
del Madrid en la primera parte.
Al
poco de empezar la segunda parte, minuto 3, gol británico, producto
del acostumbrado desbarajuste defensivo blanco que culminó con un
mal despeje de Ramos al fondo de la red. En realidad todo seguía
igual, al Madrid le seguía haciendo falta marcar goles.
Pero
en el minuto 11 de ésta segunda mitad la suerte vino a visitar a los
blancos; una desafortunada acción de Nani sobre Arbeloa sin ninguna
intención de hacer daño al jugador (no le vió hasta el momento del
impacto), el arbitro la castigó con tarjeta roja directa (una
amarilla y una advertencia habría sido más que suficiente). Toda la
estrategia del Manchester para sujetar al Madrid y que estaba dando
sus frutos, se la cargó el colegiado de manera irresponsable de un
plumazo.
El
reajuste de Ferguson, obligado por la expulsión, liberaba al centro
del campo madridista, en especial a Alonso. A los diablos rojos no
les quedó más remedio que replegarse entorno a De Gea y el Madrid
se vino arriba. El acierto con la salida de Modric por Arbeloa
terminó de desequilibrar la balanza en favor de los blancos. El
volante croata destapó el tarro de las esencias, liberado de las
ataduras de otros partidos y asociándose con Alonso y con Özil,
tuvo los mejores minutos hasta ahora con la camiseta blanca (en este
caso verde), culminados con un maravilloso gol lleno de técnica y
precisión. Modric demostró que el verdadero «triangulo de presión
alta» es su sociedad con Alonso y Özil y la conservación y
movimiento del balón entorno a ellos (pero eso es otra historia).
El
empate ya no servía a los de Ferguson, abrieron líneas, salieron a
buscar la portería de Diego López y les cayó el segundo; en un
balón pasado que se perdía tras una gran acción entre Özil e
Higuaín, Cristiano acertó a rematar. Lo hizo con todo el dolor de
su corazón, no lo celebró, algo totalmente comprensible y lógico.
Cristiano llego a Manchester siendo un niño y salió siendo un
hombre, gran parte de lo que hoy es se lo debe a ese club.
Con
todo a favor Mourinho no se podía aguantar, daba igual que
controlara el partido y el marcador, daba igual que tuviera el balón,
él debía dejar patente su estilo, su concepto particular del
fútbol. Nada más marcar Cristiano, rompió ese triangulo mágico
que le había dado la victoria y sacó a Pepe por Özil, sacó del
campo a un lince y puso a un jabalí. Sabedor el arreón final del
United en lugar de quitarle el balón, Mourinho se lo regaló,
inaudito, bueno, en Mourinho no, en la historia del Madrid sí.
A
partir de aquí, el Madrid sufrió lo indecible para frenar las
acometidas de los diablos rojos, la entrada de Rooney, Young y
Valencia dieron más mordiente al ataque británico. Sólo Diego
López con sus extraordinarias paradas mantenía la ventaja blanca,
convirtiéndose en el mejor de la segunda parte. En este periodo
vimos dos caras de un mismo equipo, uno con talento y libertad para
construir que manejó al United a su antojo y otro que
incomprensiblemente renunció al balón y a la construcción, y que
acabó pidiendo la hora.
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